Durante algunos años, hubo quien se preguntara, haciéndose posiblemente eco de los maquinistas del siglo xix para los que significaba perder su mundo y, por supuesto, su trabajo, si era conveniente utilizar un ordenador en la tarea diaria del escribir, temiendo descubrir el secreto a voces -de la tv y el radio- de que la era de la literatura hacía tiempo que había empezado a terminar.
No faltó el advenedizo que quisiera ocupar el lugar, sin darse cuenta que la literatura era ese lugar, es decir, que ya no había lugar, como tampoco, Nietzsche dixit, dios.
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